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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Versos para vivir con atención,. Thich Nhat Hanh...

Al despertarse
Despertándome con una sonrisa,
sé que tengo 24 horas nuevas para mí.
Prometo vivirlas con plenitud,
y ver a todos, con los ojos de la compasión.
Al escuchar la campana
Escucho, escucho.
Este sonido maravilloso me regresa
a mi verdadero hogar
Las Cinco Contemplaciones
Esta comida es el regalo de todo el universo –la Tierra, el cielo y mucho trabajo duro.
Que comamos con atención de manera de ser dignos de recibirla.
Que transformemos nuestros estados mentales poco hábiles y aprendamos a comer con moderación.
Que sólo tomemos alimentos que nos nutren y previenen enfermedades.
Aceptamos esta comida para llevar a cabo el camino del entendimiento y el amor.
Mirando el plato vacío
Mi plato, ahora vacío,
pronto será llenado
con comida preciosa.
Sirviendo la comida
En esta comida
veo claramente la presencia
de todo el universo
manteniendo mi existencia.
Contemplando la comida
Este plato de comida,
tan aromático y apetitoso,
también contiene mucho sufrimiento.
Empezando a comer
Con el primer bocado, prometo ofrecer alegría.
Con el segundo, prometo ayudar a aliviar el sufrimiento de los demás.
Con el tercero, prometo ver el gozo ajeno, en el mío propio.
Con el cuarto, prometo aprender el camino de desapego y ecuanimidad.
Terminando mi comida
El plato está vacío.
Mi hambre satisfecha.
Prometo vivir,
por el beneficio de todos los seres.
Lavando los platos
Lavar los platos,
es como bañar un Buda bebé.
Lo profano es lo sacro.
La mente diaria es la mente del Buda.
Tomando té
Esta taza de té en mis dos manos–
¡la atención se mantiene
en posición vertical!
Mi mente y cuerpo moran
en el aquí y el ahora.
Yendo al baño
Contaminado o inmaculado,
aumentando o disminuyendo.
Estos conceptos sólo existen en nuestras mentes.
La realidad de interser no es superada.
Conduciendo
Antes de arrancar el coche,
sé adonde voy.
El coche y yo somos uno.
Si el coche va rápido, voy rápido.
Si el coche va lento, voy lento.
Abriendo la llave del agua
El agua fluye desde fuentes en lo alto de la montaña.
El agua corre profunda dentro de la tierra.
Maravillosamente, llega a mí.
Sus beneficios me tocan con profundidad.
Preparando las verduras
En estos vegetales frescos
veo un sol verde.
Todos los Dharmas se juntan
para hacer posible la vida.
Invitando a la campana a sonar
Cuerpo, habla y mente, en perfecta unidad.
Envío mi corazón junto con la campana.
Que quienes la escuchan, despierten del olvido
y trasciendan todas las ansiedades y tristezas.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Dar en el Canon Pali.


Dana, el dar, es exaltado en el CANON PALI como una gran virtud. Es, de hecho, el inicio del camino a la liberación. Cuando el Buddha predicaba a un recién llegado él comenzaba su sermón gradual con una exposición de las virtudes de dar (danaktha) (Vin. i, 15,18). De las tres bases para la realización de obras meritorias (puññakiriyavatthu), dar es la primera, las otras dos son: la virtud y la cultura mental (A. iv, 241). También es la primera de las diez perfecciones (paramita) cultivadas por el Buddha. Por lo tanto, en la marcha hacia la liberación como un Arahant o un Buddha, uno inicialmente tiene que practicar dana.

La Función de Dar

Dar tiene una importancia primaria en el esquema budista de purificación mental porque es la mejor arma contra la codicia (lobha), la primera de las tres raíces insanas (akusalamula). La codicia está envuelta por el egoísmo, ya que sostenemos nuestras personalidades y nuestras posesiones como "yo" y "mío." Dar ayuda a que el egoísmo se derrita: es el antídoto para curar la enfermedad del egoísmo. "Supera la mancha de la codicia y práctica el dar," exhorta el Devatasamyutta (S. i, 18). El Dhammapada nos exhorta a conquistar al avaro mediante la generosidad (danena kadariyam jine, Dhp. 223).
La dificultad para ejercitar esta virtud de dar es proporcional a nuestra propia avaricia y egoísmo. Por lo que el Devatasamyutta iguala el dar a una batalla (danan ca yuddhan ca samanam ahu, S. i, 20). Uno tiene que pelear con las fuerzas demoniacas de la avaricia antes de que nuestra mente se decida a dar algo que nos es querido y útil. El Latukikopama Sutta muestra como un hombre carente de vida espiritual encontró difícil desprenderse de cosas a las que estaba acostumbrado (M. i, 449). Una pequeña codorniz puede llegar a morir cuando se enreda aun en una enredadera podrida. Aunque débil, la enredadera podrida es una gran atadura por un pájaro pequeño. Pero aún una cadena de hierro no es suficientemente grande para un gran elefante. De manera similar, un pobre desdichado hombre débil de carácter encontrará difícil separarse de sus andrajosas escasas pertenencias, mientras que un Rey de carácter fuerte podrá aun dar su reino una vez que esté convencido de los peligros de la avaricia.
La mezquindad no es el único impedimento a la generosidad. El descuido y la ignorancia sobre como trabaja el kamma y los efectos del kamma después de la muerte son también otras causas (macchera ca pamada ca evam danam na diyati, S.i, 18). Si uno conoce las ventajas morales de la generosidad, uno estará vigilante para medir las oportunidades de practicar esta gran virtud. El Buddha dijo en una ocasión que si la gente sólo conociera el valor de dar como él lo sabía, no tomarían un solo alimento sin compartir su comida con otros (It. p, 18).

Cualidades del donador

Los SUTTAS (por ej. D. i, 137) emplean un número de términos para describir las cualidades del donador. Él es un hombre con fe (saddha), él tiene fe en la nobleza de una vida moral, en las enseñanzas del kamma y supervivencia después de la muerte. Él cree en la posibilidad de una perfección moral y espiritual de los seres humanos. Brevemente, él no es un materialista, y él tiene fe en el Buddha, el Dhamma y el Sangha. Él no es meramente un dador (dayako) - él es un dador munificente (danapati). Los Comentarios explican el concepto de un dador munificente con las siguientes palabras: “Áquel que goza las cosas deliciosas pero que le da a otros lo que no es delicioso es un donador que es un esclavo de los regalos que da. Áquel que da cosas de la misma calidad de las que él mismo disfruta es uno que es como un buen amigo de su regalo. Áquel que se satisface a sí mismo con cualquier cosa que puede adquirir pero que da delicias a otros es un dador munificente, un señor y un maestro de los obsequios que da.”
El donador también se describe como alguien que mantiene una casa abierta a los necesitados (anavatadvaro), un manantial (opanabhuto) para los monjes, brahmanes, desvalidos, viajeros, vagabundos y mendigos. Siendo así, él realiza obras meritorias. Es munífico (muttacago) y tiene interés en compartir sus bendiciones con otros (danasamvibhagarato). Es un filántropo que entiende las dificultades del pobre (vadañnu). Está con las manos abiertas y está listo para complacer las demandas del otro (payatapani). Él es apto para que se le pida (yacayogo). Se deleita en repartir regalos al necesitado (vossaggarato), y tiene un corazón inclinado a dar (cagaparibhavitacitto). Tales son los epítetos que se usan en los discursos para describir las cualidades del liberalmente-dispuesto.
Un dador noble es aquel que es feliz antes, durante y después de dar (A. iii, 336). Antes de dar él es feliz anticipando la oportunidad de ejercer su generosidad. Mientras da él es feliz de que está haciendo a otro feliz llenando una necesidad. Después de dar él esta satisfecho de que ha hecho una buena obra. Los Suttas enlistan a la generosidad como una de las cualidades importantes que se requieren para hacer a un caballero (A. iv, 220). El Buddha compara a un hombre que se ha ganado rigurosamente su riqueza y la da a los necesitados con un hombre que tiene dos ojos, mientras que uno que sólo gana riquezas pero no realiza méritos es como un hombre con un solo ojo (A. i, 129-1309). El hombre rico que disfruta sus riquezas él mismo sin compartir se dice que está cavando su propia tumba (Sn. 102).

La Donaciones

Prácticamente cualquier cosa útil puede darse como regalo. El Niddesa (ND. 2, 523) da una lista de catorce artículos que son adecuados para darse como caridad. Ellos son túnicas, comida de caridad, lugares de vivienda, medicina y otros requerimientos para los enfermos, comida, bebida, ropa, vehículos, guirnaldas, perfumes, ungüentos, camas, casas y lámparas. No es necesario tener mucho para practicar la generosidad, por que uno puede dar de acuerdo a sus propios medios. Dar regalos de los propios escasos recursos, es considerado muy valioso (appasma dakkhina dinna sahassena samam mita, S. i, 18; dajjappasmim pi yacito, Dhp. 224). Si una persona lleva una vida virtuosa aunque en él sobrevive en espigueos, cuida a su familia según sus medios, pero él tiene como hábito el dar de sus limitadas reservas, su generosidad vale más que mil sacrificios (S. i, 19-20). Las limosnas dadas de la fortuna ganada correctamente es grandemente apreciada por el Buddha (A. iii, 354; It. p. 66; A. iii, 45-46). Un padre de familia que así lo hace se dice que es uno que es afortunado ahora y en lo futuro. En el Magha Sutta del Sutta Nipata (Sn. P. 87) el Buddha aprecia grandemente a Magha quien dice que gana por medios correctos y da con liberalidad a los necesitados.
Aún si uno da una pequeña cantidad con el corazón lleno de fe uno puede ganar felicidad en el más allá. El Vimanavatthu brinda amplio ejemplos. De acuerdo al Acamadayikavimanavatthu, las limosnas dadas consisten de pequeñas costras de arroz, pero como fueron dadas con una gran devoción a un eminente Arahant, la recompensa fue renacer en una magnífica mansión celestial. El Dakkhinavibhanga Sutta establece que una ofrenda es pura con respecto al dador, cuando el dador es virtuoso; con respecto al receptor, cuando el receptor es virtuoso; con respecto a ambos - el dador y el receptor - si ambos son virtuosos; para ninguno si sucede que ambos son impíos. Se dice que el Dhammadana, la diseminación del conocimiento del Dhamma, supera a todas las otras formas de dar (sabbadanam dhammadanam jinati, Dhp. 354).
El Anguttara Nikaya menciona cinco grandes regalos que se han tenido en gran estima por los hombres de mente noble desde los tiempos antiguos (A. iv, 246). Su valor no tenía duda en los tiempos antiguos, no tiene duda en el presente, ni lo tendrá en el futuro. Los monjes sabios y brahmanes tienen el más alto respeto por ellos. Estos grandes obsequios consisten en la meticulosa observancia de los Cinco Preceptos. Al hacerlo así uno da seguridad (ausencia del temor), amor y benevolencia a todos los seres. Si un ser humano puede dar seguridad y libertad del temor a otros por su comportamiento, ésta es la forma más grande de dana que se puede dar, no sólo a los seres humanos, sino a todos los seres vivientes.

El Recibidor

Los Suttas también describen a la persona a la que se le deben dar las limosnas (A. iii, 41). A los visitantes, viajeros y enfermos se les debe tratar con la debida consideración. En las épocas de carestía los necesitados deben ser tratados con liberalidad. Los virtuosos deben ser los primeros agasajados con las primeras frutas de las nuevas cosechas. Hay una frase recurrente en los Suttas (D. I, 137, ii, 354, iii, 76) describiendo a aquellos que están particularmente necesitados de la generosidad pública. Ellos son los monjes (samana), brahmanes (brahmana), viajeros (addhika), vagabundos (vanibbaka) y mendigos (yacaka). Los monjes y brahmanes son personas religiosas que no ganan un sueldo. Ellos dan guía espiritual a los laicos y se espera que los laicos los mantengan. Los pobres necesitan la ayuda de los ricos para sobrevivir y los ricos se enriquecen espiritualmente ayudando a los pobres. En una época en la que las facilidades de transporte eran escasas y las facilidades para los viajeros no estaban adecuadamente organizadas, el público tenía que hacer algo para ayudar al viajero. El buddhismo considera una obligación moral de las personas el dar asistencia a este tipo de personas.
En el Anguttara Nikaya el Buddha describe, con una terminología relativa a los sacrificios, tres tipos de fuegos que se deben tratar con cuidado y honor (A. iv, 44). Ellos son ahuneyyaggi, gahapataggi y dakkhineyyaggi. El Buddha explica que ahuneyyaggi significa los propios padres, y que deben de ser honrados y cuidados. Gahapataggi significa la propia esposa e hijos, empleados y dependientes. Dakkhineyyaggi representa a las personas religiosas que han logrado la meta del Arahant o se han embarcado en un curso de entrenamiento para eliminar los rasgos mentales negativos. Todos estos deben estos deben ser cuidados y ver por ellos como se cuidaría un fuego de sacrificios. De acuerdo al Mahamangala Sutta, ofrecer hospitalidad a los propios parientes es una de las grandes obras que puede realizar un laico para obtener prosperidad (Sn. 262-63).
El Rey Kosala le preguntó una vez al Buddha a quién se le deberían de dar limosnas (S. I, 98). El Buddha replicó que las limosnas se les deberían de dar a aquellos a quienes darles nos produce felicidad. Entonces el Rey le hizo otra pregunta. ¿A quién se le deben ofrecer limosnas para obtener grandes frutos? El Buddha distinguió las dos como diferentes preguntas y le respondió que las limosnas ofrecidas a los virtuosos producían grandes frutos. Él aclaró aún más que los ofrecimientos rendían grandes frutos cuando se hacían a monjes virtuosos que habían eliminado los cinco impedimentos mentales (nirvana) y cultivado hábitos morales, concentración, sabiduría, liberación y conocimiento, y visión de la liberación (sila, samadhi, pañña, vimutti, vimuttinanadassana).
En el Sakkasamyutta (S. I, 233) Sakka hizo la misma pregunta al Buddha. ¿Los regalos dados a quienes darán los más grandes resultados? El Buddha respondió que los regalos dados al Sangha (la comunidad de monjes) producen los más grandes resultados. Aquí el Buddha especifica que lo que él quiere decir por el ‘Sangha’ es la comunidad de aquellos rectos nobles individuos que han entrado en el camino y que se han establecido a ellos mismos en el fruto de la santidad, y que están dotados de moralidad, concentración y sabiduría. Es importante notar que ‘Sangha’ de acuerdo al Vinaya significa un grupo suficiente de monjes que represente la Orden de monjes para varios propósitos eclesiásticos (Vin. I, 319). Pero en los Suttas ‘Sangha’ significa los cuatro pares de nobles individuos o los ocho individuos particulares (cattari purisayugani, attha purisapuggala), es decir, aquellos que están en el sendero del ganador-de-la-corriente, un-retorno, no-retorno y Arahant y aquellos que han obtenido las respectivas fruiciones.
El Magha Sutta (Sn. p. 86) da una cuenta detallada de las virtudes de un Arahant para mostrar a quién deben de dársele limosnas por uno que desea mérito. El Brahmanasamyutta (S. I, 175) sostiene que las ofrendas producen los más grandes regalos cuando se hacen a aquellos que conocen sus vidas previas, que han visto los cielos y los infiernos, que han puesto un fin al nacimiento y que han realizado el conocimiento último. Así es que el Sangha que consta de moralidad perfecta, personajes valiosos como son descritos en los Suttas constituyen el campo de mérito (puññakkhetta, M. i, 447). Así como las semillas sembradas en un campo fértil bien regado dan abundantes cosechas, las limosnas dadas a los virtuosos establecidos en el Noble Óctuple Sendero dan grandes resultados (A. iv, 238; I, 162). El Dhammapada mantiene que los campos tienen cizaña como su mancha; la avidez, el odio, la ignorancia y el deseo son la manchas de los hombres y por lo tanto lo que es dado a aquellos que han eliminado esas impurezas producen abundantes frutos (Dhp. 356-359). El resultado de la generosidad se mide más por la calidad del campo de merito que por la cantidad y el valor del regalo dado.
El Anguttara Nikaya (A. iv, 382-95) registra la fabulosa donación de limosnas del Bodhisatta cuando él nació como un brahmán llamado Velama. Abundantes regalos de plata, oro, elefantes, vacas, carruajes, etc., para no mencionar comida, bebida y ropa, fueron distribuidos entre todas las personas que vinieron a recibirlos. Pero esta magnificencia no fue muy valuada con respecto a sus méritos por que no había receptores valiosos. Se dice que es más meritorio alimentar a una persona con la visión correcta, a uno que ha entrado en la corriente (sotapanna), que dar grandes limosnas como las dadas por Velama. Es más meritorio alimentar a uno que retorna una vez que a cien individuos que han entrado en la corriente. Siguen en orden los que no retornan, los Arahants, los Paccekabuddhas (los Buddhas silenciosos) y los Sammasambuddhas. Alimentar al Buddha y al Sangha es más meritorio que alimentar al Buddha solamente. Es aún más meritorio construir un monasterio para el uso general del Sangha de los cuatro puntos cardinales. Tomar el refugio en el Buddha, el Dhamma y el Sangha es aún mejor. Observar los Cinco Preceptos es aún más valioso. Pero aún mejor es el cultivar metta, benevolencia, y lo mejor de todo, es la percepción en la impermanencia, que lleva al Nibbana.

La Motivación de dar

Los Suttas registran varios motivos para ejercitar la generosidad. El Angutttara Nikaya (A. iv, 236) enumero las siguientes ocho motivos:
  1. Uno da con incomodidad, o como una manera de ofender al recipiente, o con la idea de insultarlo (Asajja danam deti). [1]
  2. El temor también puede motivar que una persona haga una ofrenda (Bhaya danam deti).
  3. Uno da para regresar un favor que se nos hizo en el pasado (Adasi me ti danam deti).
  4. Uno también puede dar con la esperanza de recibir algo similar para uno en un futuro (Dassati me ti danam deti).
  5. Uno da por que el dar se considera bueno (Sadhu danan ti danam deti).
  6. "Yo cocino, ellos no cocinan. No es propio para mí que cocino no darle a aquellos que no cocinan" Algunos dan movidos por tales motivos altruistas (Aham pacami, ime ne pacanti, na arahami pacanto apacantanam adatun ti danam deti).
  7. Algunos dan limosna para ganar buena reputación (Imam me danam dadato kalyano kittisaddo abbhuggacchati ti danam deti).
  8. Otros dan limosna para adornar y embellecer la mente (Cittalankaracitta-parikkarattham danam deti)
El favoritismo (chanda), la mala voluntad (dosa) y la ignorancia (moha) también se encuentran entre los motivos para dar. Algunas veces con la intención de mantener una larga tradición familiar. El deseo de renacer en los cielos después de la muerte es otro motivo dominante. El dar agrada a algunos y ellos dan con la idea de ganar un estado de felicidad mental (A. iv, 236).
Pero se sostiene en los Suttas (A. iv, 62) que las limosnas se deben dar sin ninguna expectativa (na sapekho danam deti). Tampoco deben de darse las limosnas con apego al que las recibe. Si uno da con la idea de acumular cosas para usar después, ése es un acto de dar inferior. Si uno da con la esperanza de gozar de los resultados en un futuro después de la muerte, ése es también un acto inferior de dar. El único motivo válido para dar debe ser el motivo de adornar la mente, liberar a la mente de la fealdad de la avaricia y egoísmo.

La manera de dar

Los Suttas (por ej. A. iii, 172) ponen mucho énfasis en la manera de dar. La actitud del donador en el acto de dar hace un mundo de diferencia para la buena voluntad entre el donador y el que recibe independientemente de que el regalo sea grande o pequeño. Las limosnas deben de ser dadas de tal manera que quien las recibe no se sienta humillado, despreciado o herido (sakkaccam danam deti). El necesitado pide algo con una sensación de malestar y es la obligación del donador no hacer que se sienta más incómodo y hacer su ya pesada carga aún más pesada. las limosnas deben de ser dadas con la debida consideración y respeto (cittikatva danam deti). Debe de hacerse sentir al receptor bien venido. Cuando un regalo es dado con tal calidez es cuando surge una cordialidad mutua que une y enriquece al que da y al que recibe. Uno debe de dar con la propia mano (sahattha deti). El involucrarse personalmente en el acto de dar es enormemente benéfico. Esto promueve la relación entre el donante y el receptor y ése es el valor social de dar. La sociedad se enriquece en su unidad con cuidado y preocupación de uno por otro cuando la generosidad se ejerce con un cálido sentido de participación personal. Uno no debe de dar como limosna lo que es adecuado para tirarse (na apaviddham deti). Uno debe de ser cuidadoso de dar únicamente lo que es útil y apropiado. Uno no debe dar de una manera rasposa para hacer que él que recibe no sienta deseos de regresar (na anagamanaditthiko deti).
Dar con fe (saddhaya deti) esta muy ensalzado en los Suttas (A. iii, 172). Especialmente cuando se ofrecen limosnas a un clérigo uno debe de hacerlo con la deferencia y respeto debidos, tomando deleite en la oportunidad que se tiene de servirlos. Uno también debe de dar en el momento adecuado para coincidir con una gran necesidad (kalena deti). Esos regalos en el momento adecuado son los más valiosos y alivian la ansiedad y el estrés de los suplicantes. Uno debe de dar con preocupaciones altruistas, con la intención exclusiva de ayudar a otros en dificultad (anuggahacitto danam deti). En el acto de dar uno debe de tener cuidado de no herirse a sí mismo o a otro (attanan ca paran ca anupahacca danam deti). Dar con comprensión y discreción es alabado por el Buddha (viceyyadanam sugatappasattham). Si un regalo contribuye al bienestar del que lo recibe es sabio darlo. Pero si un regalo es en detrimento del bienestar del receptor uno debe de ejercer con cuidado la propia discreción. Dar como se describe arriba es altamente alabado como noble dar (sappurisadana). Más que lo que se da, es la manera de dar la que hace al regalo valioso. Uno puede no ser capaz de costear un regalo pródigo, pero uno puede siempre hacer que él que lo recibe se sienta cuidado por la manera en que se le da.

El valor de dar

Muchos suttas enumeran los diversos beneficios de dar. Dar promueve la cohesión social. Es el mejor medio de crear un puente para la brecha psicológica, mucho más que la brecha económica, que existe entre los que tienen y los que no tienen. El Magha Sutta mantiene que el odio se elimina cuando uno se encuentra establecido en la generosidad (Sn. 506). Áquel con un corazón generoso gana el amor de otros y muchos se asocian con él (A, iii, 40). Dar también cimienta la amistad (Sn. 187).
Se mantiene que si una persona hace una aspiración de nacer en un lugar particular después de dar limosna, la aspiración se cumplirá sólo si uno es virtuoso, pero no de otra manera (A. iv, 239). De acuerdo a un Sutta (A. iv, 241-243), si uno practica el dar y la moralidad en un grado muy limitado y no tiene idea acerca de la meditación, uno obtiene un nacimiento desafortunado en el mundo humano. Áquel que realiza obras meritorias tales como el dar y la moralidad con gran amplitud pero sin ningún conocimiento de la meditación, encuentra renacimiento en uno de los cielos. Ellos superan a otras deidades en la longitud de su vida, placer, fama y las cinco ramas de los placeres sensuales.
El Anguttara Nikaya (A. iv, 79) enumera un número de estos beneficios mundanos de dar. La persona generosa, y no el avaro, gana las simpatías de otros. Los Arahants se le aproximan, aceptan limosnas y rezan por ellos primero. Una buena reputación se extiende acerca de ellos. Él puede atender a cualquier grupo con confianza y dignidad. Él renace en un estado de felicidad después de la muerte. Otro Sutta (A. iii, 41) agrega que una persona generosa gana popularidad, las personas de carácter noble se asocian a él y él tiene la satisfacción de haber cumplido con los deberes de una persona laica (gihidhamma anapeto hoti).
Se dice que un dador de limosnas confiere vida a los demás, belleza, alegría, fortaleza e inteligencia. Habiéndo conferido esto a otros, él mismo se convierte en un beneficiario (A. iii, 42). La misma idea es expresada por la sucinta afirmación de que uno cosecha lo que siembra (yadisam vapate bijam tadisam harate phalam, S. i, 227).
Dar con fe tiene como resultado alcanzar riqueza y belleza en cualquier lugar que el resultado del ofrecimiento ocurra. Dando limosna con el debido respeto, uno obtiene, también, hijos, esposa, subordinados y asistentes que son obedientes, cumplidores y comprensivos. Dando en el momento oportuno, uno no sólo obtiene gran riqueza sino también la oportuna satisfacción de sus necesidades. Dando con el deseo genuino de ayudar a los demás, uno obtiene gran riqueza y la inclinación a disfrutar los mejores placeres sensuales. Dando sin dañarse a uno mismo ni a los demás, uno gana seguridad de peligros tales como fuego, inundaciones, ladrones, reyes y malos herederos (A. iii, 172).
La limosna dada a los monjes y brahmanes que siguen el Noble Óctuple Sendero da magníficos resultados así como las semillas sembradas en campos fértiles, bien preparados y bien regados producen abundantes cosechas (A. iv, 238). La limosna dada sin ninguna expectativa puede conducir a un renacimiento en el plano de los Brahmas, y después uno podría alcanzar el estado del que no retorna (A. iv, 62).
El Sutta Dakkhinavibhanga enumera una lista de las personas a las que se les puede dar limosna y el mérito aumenta en orden ascendente. Una cosa dada a un animal trae una recompensa de cien. Un regalo dado a una persona normal de hábitos morales pobres produce una recompensa de mil; un regalo dado una persona virtuosa da una recompensa de cien mil. Cuando se le da un regalo a una persona fuera de las enseñanzas del budismo que no tiene apego a los placeres de los sentidos, el rendimiento es de un billón. Cuando el regalo se le da a uno que ha alcanzado el sendero de entrada en la corriente el rendimiento es incalculable e inmensurable. Así es que, ¿qué puede decirse de un regalo dado a uno que retorna una vez, uno sin retorno, un Arahant, un Paccekabuddha, y un Buddha totalmente iluminado?
El mismo Sutta enfatiza que un regalo dado al Sangha como un grupo es más valioso que un regalo ofrecido a un monje en su capacidad individual. Se dice que en un futuro distante habrá monjes budistas que usarán únicamente un collar amarillo como su marca clerical distintiva, que son inmorales y de mal carácter. Si se ofrece un regalo aun a esos monjes a nombre de la orden, éste rinde muchos más méritos que uno a un monje en su capacidad individual. Pero debe de ser observado que esta afirmación contradice las ideas expresadas en otra parte, que lo que es dado a un virtuoso es grandemente benéfico pero no lo que es dado a un inmoral. Es evidente aquí que una interpolación posterior no puede ser completamente descartada.
El Buddha explicó en una ocasión que es meritorio aun tirar el agua después de lavar el propio plato con el pensamiento generoso: "Que las partículas de comida en el agua de lavado sirvan de alimento para las criaturas en el piso." Cuando es así, ¡Cuánto más meritorio será alimentar a un ser humano! Pero el Sutta se apresura a agregar que es más meritorio alimentar a una persona virtuosa (A. i, 161).
Otro Sutta (A. iii, 336) mantiene que no es posible estimar la cantidad de mérito que corresponde a una ofrenda cuando está dotada de las siguientes seis características particulares. Tres de las características pertenecen al donador mientras que las otras tres pertenecen al receptor. El donador debe de estar feliz de dar antes de hacer la ofrenda. Él debe de estar complacido en el momento de hacer la ofrenda, y él debe de estar satisfecho después de que la ofrenda es hecha. Por lo tanto la nobleza de pensamiento - sin una traza de envidia antes, durante o después de la ofrenda - hace al regalo verdaderamente grande. Los que reciben deben de estar libres de avidez, aversión e ignorancia, o se deben haber embarcado en un curso de entrenamiento para eliminar estas impurezas mentales. Cuando una limosna de comida está dotada de estas cualidades del donador y del receptor, se dice que el mérito es inconmensurable como las aguas del mar.
En una ocasión Visakha dio una erudita explicación de los beneficios que ella esperaba de su magnificencia cuando el Buddha le pregunto que era lo que ella veía como una ventaja de su gran generosidad (Vin. i, 293-294). Ella le dijo que cuando ella escuchaba que un monje o una monja en particular había logrado cualquiera de los frutos de la vida monástica, y si ese monje o monja había visitado Savatthi, ella estaba segura de que él o ella habían recibido las ofrendas que ella constantemente hacía. Cuando ella reflexionaba que ella había contribuido en alguna medida a la distinción espiritual de él o ella, surgía un gran deleite (pamujja) en ella. La alegría (piti) surge en la mente complacida. Cuando la mente está alegre el cuerpo se relaja (kayo passambhissati). Cuando el cuerpo se relaja se experimenta una sensación de bienestar (sukha) que ayuda a la mente a concentrarse (cittam samadhiyissati). Eso ayudará al desarrollo de las facultades espirituales (indriyabhavana), poderes espirituales (balabhavana), y factores para la iluminación (bojjhangabhavana). Éstas son la ventajas que ella esperaba por su munificencia. El Buddha se sientió tan complacido con su erudita respuesta que dijo "Sadhu sadhu sadhu" (muy bien, muy bien, muy bien) en aprobación.
Es evidente que el dar por sí solo no es suficiente para que uno llegue al fin del sufrimiento. Anathapindika, quien fue nombrado por el Buddha como el principal entre los filántropos, alcanzo solamente el estado de ganador-de-la-corriente. Se dice especialmente que el dar (dana) tiene que ser fortalecido con la moralidad (sila) si va a producir buenos resultados. Aunque Anathapindika practicaba una virtud sin tacha, en ninguna parte se dice que él practicara la cultura mental o meditación (bhavana). Por lo tanto a pesar de su magnífica munificencia, él tuvo que permanecer como un ganador de la corriente.
El Ghatikara Sutta (M. ii, 52) registra una caridad única en donde el donador no estaba presente. Chatikara el alfarero era el principal benefactor del Buddha Kassapa. Él era un uno que no retorna que no quería entrar a la Orden ya que se encontraba cuidando a sus ancianos padres ciegos. Él había ganado ampliamente la confianza del Buddha por la nobleza de su conducta y devoción. Un día el Buddha Kassapa fue a su casa en su ronda por limosnas pero Ghatikara había salido. Él preguntó a sus padres ciegos donde se encontraba el alfarero. Ellos le contestaron que el alfarero había salido, pero invitaron al Buddha a servirse él mismo de las ollas y cacerolas y compartir una comida. El Buddha lo hizo así. Cuando Ghatikara regresó y preguntó quién había tomado de la comida, sus parientes le informaron que el Buddha había venido y que ellos le habían pedido que se ayudara él mismo con la comida. Ghatikara estaba sobrecogido jubiloso de escuchar esto ya que sintió que el Buddha le tenía mucha confianza. Se dice que la alegría y la felicidad (pitisukha) que experimentó no lo abandono por dos semanas, y la alegría y felicidad de sus padres no se desvaneció por una semana completa.
El mismo Sutta reporta que en otra ocasión el techo del monasterio del Buddha Kassapa comenzó a gotear. Él envió a los monjes a la casa de Ghatikara a recoger algo de paja, pero Ghatikara estaba afuera en ese momento. Los monjes regresaron y le dijeron que no había paja disponible ahí excepto la que había en el techo. El Buddha les pidió a los monjes que tomaran la paja del techo allá. Los monjes comenzaron a quitar la paja del techo y los ancianos padres de Ghatikara preguntaron quien estaba removiendo la paja. Los monjes le explicaron el problema y los padres les dijeron, "Por favor tomen toda la paja." Cuando Ghatikara escucho esto él se sintió profundamente movido por la confianza que el Buddha depositaba en él. La alegría y felicidad que surgieron en él no lo dejo por una quincena completa y la de sus padres no menguó por una semana. Por tres meses la casa de Ghatikara permaneció sin techo tan solo con el cielo sobre ella, pero se dice que la lluvia no la mojaba. Tan grande era la piedad y generosidad de Ghatikara.
Como se mencionó en el comienzo de este ensayo, dar (dana) es la primera de las obras meritorias. Es también una de las cuatro maneras benevolentes de tratar a otros (cattari sangahavatthuni, A. iv, 219). Pero es digno de ser notado que en la lista de virtudes requeridas para la liberación tales como aquellas incluidas entre los treinta y siete requisitos de la iluminación (bodhipakkhiya dhamma), el dar (dana) nunca aparece como una virtud requerida. En lugar de dar (dana), la generosidad (caga) se incluye en algunas de las listas, tal como las cinco cualidades - fe, virtud, aprendizaje, generosidad y sabiduría. Quizás exista una pequeña diferencia entre dar (dana) y generosidad (caga) cuando se consideran como virtudes arraigadas en la mente. Dana es el acto muy práctico de dar, caga es la actitud generosa que se inculca en la mente por la práctica repetida de dana. La palabra caga significa literalmente darse por vencido, abandono, y es una indicación de que el dominio egoísta cerrado que uno tiene sobre sus posesiones está siendo aflojado por caga. Es posible dar limosnas aún por motivos negativos tales como favoritismo (chanda), mala voluntad (dosa), miedo (bhaya), ignorancia (moha), deseo de una buena reputación, etcétera, pero caga es la virtud positiva de una disposición generosa.
El Buddhismo enseña un proceso gradual de vaciarse a uno mismo. Comienza con dar nuestras posesiones externas. Cuando la cualidad de la generosidad se ha establecido y se fortifica con una visión profunda de la naturaleza real de las cosas, crece un desencanto por los placeres sensuales (nibbidanti). En esta etapa uno deja la vida en familia y busca la ordenación. A continuación sigue el vaciado de los impulsos sensoriales protegiendo la puerta de los sentidos. A través de la meditación (bhavana) uno se vacía a uno mismo de las impurezas profundamente arraigadas y se llena de cualidades positivas nobles. Pero este proceso completo de mermar nuestros aspectos negativos comienza con dana, la práctica de dar.

Instrucciones al cocinero de un monasterio zen...


Desde los tiempos antiguos, las comunidades budistas están regidas por seis administradores, todos ellos discipulos del Buda, cuya misión es la de guiar conjuntamente los asuntos de la comunidad. El cocinero encargado de la preparación de las comidas de los monjes, el Tenzo, ocupa una de estas funciones.
La regla de los monasterios, el Zenonshingi , precisa que la función del tenzo ha sido instituida "porque los monasterios hacen ofrenda de alimento a un gran número de monjes". Esta responsabilidad siempre ha sido confiada a maestros iluminados que poseían el espíritu de la Vía, o a hombres eminentes que aspiraban ardientemente al espíritu del despertar.
¿Acaso la práctica de la Vía no forma un todo de un solo acuerdo?. Un tenzo sin el espíritu de la Vía sufriría en vano al intentar realizar esta abrumadora tarea y no sería de ninguna ayuda a la comunidad. El Zenonshingi hace hincapié en que "es porque actualiza el espíritu de la Vía en la variedad y renovación de los menús apropiados a las estaciones y necesidades que el tenzo aporta a la sangha el aliento y el bienestar necesario para la práctica".
tenzoYa antes Isan Reiyu  y Tozan Shusho  ocuparon este puesto, como tantos otros grandes maestros y patriarcas a lo largo de los tiempos. Es decir que el tenzo es sensiblemente diferente de los que día a día preparan la comida, aunque estos últimos sean encargados o maestros cocineros en una gran casa.
Durante mi estancia en la China de los Song, he aprovechado mi tiempo libre para preguntar a los ancianos sobre la naturaleza de las funciones que ellos habían ejercido en el pasado. Les estoy agradecido por haberme instruido haciéndome partícipe de sus experiencias. Sus enseñanzas son la médula que desde los tiempos antiguos se transmiten los maestros y patriarcas que han realizado la Vía. Por supuesto, es preciso leer con atención el Zenonshingi, pero también es importante escuchar a los antiguos relatar su experiencia sin perder el menor detalle.
Quisiera ahora seguir el desarrollo de las actividades de un tenzo durante veinticuatro horas. Tras haber terminado la comida del mediodía, el tenzo busca al intendente que le entrega cereales, legumbres y otros productos para la comida del día siguiente. Una vez que estos productos están en vuestras manos, debéis cuidarlos como a la niña de vuestros ojos. Acaso no dijo el maestro zen Honei Nin´yu : "los objetos y los bienes de la comunidad que utilizáis cotidianamente son la niña de vuestros ojos, protegedlos y cuidad de ellos." Tratad los alimentos con el mismo respeto con el que trataríais a los destinados a la mesa del emperador. Tened los mismos miramientos para con todos los alimentos, cocidos o crudos.
Después, todos los administradores se reúnen en la cocina para establecer los menús del día siguiente tras deliberar sobre la elección de sabores y la preparación de los platos: legumbres de acompañamiento, sémola y otros platos. El Zenonshingi es muy claro en este punto: "Antes de decidir los menús del día siguiente, sabores, legumbres y cereales, el cocinero debe consultar a los administradores del monasterio." Se trata de los jefes de los seis departamentos que se reparten la administración del monasterio: el director (tsusu), el asistente del director (kansu), el tesorero (fusu), el supervisor de la conducta de los monjes (ino), el cocinero (tenzo) y el jefe de trabajos (shissui). Cuando se han tomado las decisiones, los menús deben ser expuestos en los paneles situados frente a la habitación del superior y frente a la habitación de los monjes.
Una vez hecho esto, el tenzo inicia la preparación de la comida del día siguiente. Cuando lavéis el arroz o las legumbres, hacedlo con vuestras manos, en la intimidad de vuestra propia mirada, con diligencia y conciencia, sin que vuestra atención se relaje un solo instante. No seáis cuidadoso para una cosa y negligente para otra. Procurad que ni una sola gota del océano de los méritos se os escape. No perdáis la ocasión de agregar vuestro grano de polvo a la cima de la montaña de los actos benéficos.
El Zenonshingi dice: "si los seis sabores  no están en armonía y las Tres Virtudes  están ausentes, ese plato no es digno de ser presentado ante la sangha".
Cuando limpiáis el arroz, ved también la arena. Cuando echáis la arena, ved también el arroz. Si vuestra mirada va y viene escrutando minuciosamente los detalles, sin que vuestro espíritu se relaje, automáticamente las tres virtudes estarán presentes en toda su plenitud y los seis sabores se desarrollaran por si mismos.
Seppo Gisson  fue en su momento cocinero en el monasterio de Tozan Ryokai 
Un día que estaba lavando el arroz, el maestro le pregunto: "¿Quitas la arena del arroz, o quitas el arroz y dejas la arena?"
Seppo le respondió: "Hago las dos cosas al mismo tiempo."
"¿Entonces que van a comer nuestros monjes?" preguntó Tozan.
Como respuesta, Seppo volcó el cubo. 
Tozan le dijo: "¡Llegara el día en que partirás a la búsqueda de otro maestro!".
He aquí como practicaban antiguamente nuestros grandes antepasados: ellos dominaban la Vía trabajando con las manos. ¿Cómo nosotros, sus lejanos descendientes, podemos ser tan negligentes en nuestra práctica?. Un maestro ha dicho: "Remangándose es como el tenzo realiza el espíritu de la Vía". Tened cuidado de no confundir un grano de arroz con un grano de arena y lo dejeis escapar.
El Zenonshingi nos dice: "Durante la preparación de la comida el tenzo, debe cuidar perfectamente de la perfecta limpieza de todas las cosas." No vertáis de cualquier manera el agua que ha lavado el arroz. Los antiguos utilizaban un saco de tela para filtrar el agua antes de tirarla. Tras poner el grano en la marmita y agregar la cantidad exacta de agua, no relajéis vuestra vigilancia, porque nada debe venir a contaminarlo, ni un ratón por descuido, ni la mirada curiosa de un ocioso.
cocinaTras esto el tenzo prepara las legumbres que acompañan la guen mai de la mañana y guarda los utensilios y recipientes que han sido utilizados para cocer el arroz y la sopa de la comida del mediodía. Verificad su absoluta limpieza y colocad en alto lo que esté hecho para estar arriba y abajo lo que esté hecho para ir abajo. Cada cosa encontrará la paz y el equilibrio en el lugar que le conviene, tanto arriba como abajo. Separad los palillos, cucharones y otros instrumentos y guardad junto lo que va junto. Prestad atención a las cosas, no las tiréis de cualquier manera.
Ahora el tenzo se consagra a la preparación de la comida del día siguiente. Examina el arroz, quitando cuidadosamente insectos, granos, piedras y otras impurezas y limpia las legumbres. Durante estas operaciones, su asistente canta un sutra como ofrenda al espíritu guardián del horno. Tras esto prepara las legumbres de acompañamiento y la sopa, verificándolo todo con sumo cuidado.
Cuando el intendente os da las provisiones, no debéis discutir sobre la cantidad, grande o pequeña, ni examinar la calidad, fina o basta. Solamente aplicaros de todo corazón en tratarlas de la mejor manera y en sacar de ellas el mayor partido posible. Nada es mas abominable que dejarse llevar por la cólera o por la alegría al considerar la cantidad o calidad de los productos. Practicar con ardor y diligencia es hacerlo de manera que día y noche las cosas entran en vuestro espíritu y que vuestro espíritu vuelve a las cosas, sin discriminación, con el mismo espíritu.
La preparación de los productos necesarios para la confección de los platos del día siguiente se hace antes de media noche y después de media noche el tenzo se consagra a la cocción. Tras la comida de la mañana, lava las marmitas, pone a cocer el arroz y hace la sopa. Cuando vertáis el arroz en la marmita, debéis quedaros cerca del fregadero y vigilar personalmente que ningún grano se pierda y que la cantidad de agua sea la prescrita. encended el fuego y hacedlo cocer. Un viejo refrán dice: "Que la marmita sea vuestra propia cabeza y el agua que cuece el arroz, la sangre que da vida a vuestro cuerpo".
comidaUna vez que el arroz está cocido, lo vertéis en recipientes de bambú o de madera que disponéis sobre una mesa. Evidentemente hay que prever la cocción de las legumbres y de la sopa mientras que el arroz está cociendo. El tenzo debe estar presente durante la cocción de los platos y vigilar su desarrollo. Aunque disponga de asistentes, servidores, de mano de obra para el fuego y la vajilla o, como recientemente en los grandes monasterios, especialistas encargados de la cocción del arroz y de las sopas, aunque estas funciones no hayan existido en los tiempos antiguos, el cocinero debe saber que todo este personal está bajo sus ordenes y que él es el único responsable de todas las actividades de la cocina.
Cuando cocinéis no miréis las cosas ordinarias con una mirada ordinaria, con sentimientos y pensamientos ordinarios. Con esta hoja de legumbre que tenéis en vuestras manos construid una maravillosa morada de buda y haced que este ínfimo grano proclame su ley.
Dicho de otra manera, si preparáis un pobre caldo de hierbas silvestres, que no os inspire ningún sentimiento de disgusto o de desprecio, y si elaboráis un rico y cremoso potaje, que vuestro corazón no salte de alegría; donde no existe apego, ¿cómo ha de haber hostilidad?. Así, cuando tenéis que ocuparos de una materia basta no la tratéis sin miramientos, mostrad hacia ella la misma diligencia y atención que mostraríais hacia un objeto precioso. Es importante que vuestro espíritu no cambie según la calidad del objeto. Si vuestro espíritu depende de las cosas, es como si cambiárais de actitud y de lenguaje según la calidad de la persona que os encontráis. Un comportamiento semejante no es el propio de una persona que practica la Vía.
Si vuestra determinación es profunda y encamináis todas vuestras energías hacia la Vía podríais alcanzar la suprema pureza de los antiguos y sobrepasar a vuestros antecesores llevando vuestro trabajo a la perfección hasta en el mínimo detalle. ¿Cómo negociar la Vía para alcanzar este objetivo?
Pues bien, si los antiguos por dos cuartos hacían un caldo de hierbas silvestres, vosotros con dos cuartos elaborad un suculento potaje. Vaya, ¡qué difícil es la tarea!. Las condiciones de hoy en día están tan alejadas del pasado como la distancia que separa el cielo de la tierra, ¿cómo podríamos siquiera compararnos a los maestros del pasado? Sin embargo, aplicándonos sin escatimar esfuerzos, no hay razón para no hacerlo tan bien o mejor que ellos. Si esto no os parece evidente, es que todavía no habéis clarificado suficientemente vuestro espíritu. Vuestros dispersos sentimientos galopan como un caballo salvaje y vuestras emociones saltan de rama en rama como un mono.
Sin embargo, cuando estos fogosos y dispersos pensamientos retroceden y se vuelven sobre sí mismos, aunque no sea más que por un instante, nuestra naturaleza original aparece automáticamente y todas las cosas son iguales y armoniosas. Así es como dirigimos las cosas en lugar de ser dirigidos por ellas. Un espíritu aclarado y tranquilo no es ni tuerto ni ciego y abraza todos los aspectos de la realidad. La hoja de legumbre que tienes en la mano se convierte en el cuerpo sagrado de la última realidad y este cuerpo que tienes en la mano se vuelve simple legumbre. De la práctica de este maravilloso poder de transformación, propia de la actividad del buda, se benefician todos los seres.
La comida está preparada, ved que todo esté en orden y aseguráos que reposa tranquilamente. Cuando suene el tambor o la campana, uníos a la sangha en el dojo. Mañana y noche, no debéis nunca faltar a zazén ni a la enseñanza del maestro.
Cuando volváis a vuestro cuarto, cerrad los ojos y contad el número de monjes, novicios y antiguos que residen en el dormitorio de los monjes. Agregad aquellos que viven en las edificaciones próximas o están en la enfermería. Pensad en los pabellones de los monjes retirados. No olvidéis a los que acaban de llegar y que aún no forman parte de la sangha, los visitantes de paso y las ermitas. Algunos monjes pueden estar temporalmente ausentes. Si tenéis la más mínima duda sobre el número exacto, preguntad al asistente del director, al supervisor de los monjes y a los responsables de los dormitorios, residencias y pabellones o hablad con sus asistentes.
Una vez que habéis establecido el número preciso de comidas, os hace falta ahora calcular la cantidad de comida necesaria. Para cada comensal preved una ración de arroz, pero cuando dividís una ración por dos, obtenéis dos raciones. O tres si dividís por tres. O cuatro si dividís por cuatro. También podéis dividir media unidad por dos y obtenéis dos medias unidades y cuando sirváis el arroz, un cuarto de unidad será una ración. Por otro lado, si servís nueve décimas partes de una unidad, ved cuanto os queda; y si ahora guardáis en reserva nueve décimas partes, calculad cuantas décimas partes podréis servir.
bueyCuando un monje come un grano de arroz de Luling (arroz de la mejor calidad) ve a Isan Reiyu. Cuando el cocinero sirve un grano de arroz de Luling, ve al búfalo.  El búfalo se come a Isan Reiyu e Isan Reiyu hace pastar al búfalo. ¿Estáis seguro de vuestras cantidades y del número de comidas a servir? Verificadlo una vez más, paso por paso. Una vez que todo está claro en vuestro espíritu y que distinguís perfectamente todos los pormenores, dad las instrucciones apropiadas y en el momento oportuno guiad a los otros en la Vía adaptándoos a las facultades de cada uno. Esta práctica, esfuerzo tras esfuerzo, día tras día, no debe jamás relajarse.
Cuando un benefactor visita el monasterio y hace una ofrenda (fuse) en comida, debéis decidir sobre el fuse junto a los otros administradores. Esta regla ha sido observada siempre en los monasterios zen desde los tiempos antiguos. Sucede lo mismo con la distribución de todos los bienes destinados a la comunidad. Si no queréis que el desorden reine en donde estáis, no usurpéis derechos ajenos.
Ahora, en el momento que la comida está en las bandejas y a punto de servirse, el tenzo viste el kesa  y despliega su zagu. Enciende una varilla de incienso como ofrenda y se prosterna nueve veces en dirección del cuarto de los monjes. Tras esto, hace llevar las bandejas al cuarto de los monjes en donde se sirve.
Este es el desarrollo de la vida de un tenzo que consagra su atención a la preparación de la comida, sin perder el tiempo en cosas inútiles. Si vuestras actividades son auténticas y actuáis por el bien de los demás, todo lo que realicéis alimentará el cuerpo de la última realidad. En contrapartida, nuestra gran sangha sentirá un bienestar apaciguador y gustará de practicar.
Hace ya siglos que las enseñanzas del buda fueron llevadas a Japón y sin embargo todavía nadie se ha interesado por el método de preparación de la comida de los monjes. Nuestros antepasados no han dejado ninguna consigna sobre el tema y nuestros sabios predecesores no han incluido este capítulo en su enseñanza. Ni que decir tiene que nadie jamás ha hecho mención de las nueve prosternaciones antes de servir la comida. Ni en sueños ha pensado alguien en ello alguna vez. Me parece que en nuestro país la gente no le da más importancia a la comida y a su preparación que la que le puedan dar los animales de pelo y pluma. ¡Es del todo deplorable!, ¿por qué sucede esto?.
Cuando estaba en China, durante mi estancia en el monasterio del monte T´ien T´ung, encontré a un monje llamado Yung. Originario de la región del mismo nombre, era el tenzo en este monasterio. Un día tras la comida, cuando me dirigía hacia el pabellón de reposo a través de la galería Este, lo vi secando champiñones frente a la Sala del Buda. Tenía una vara de bambú en las manos y no llevaba sombrero. El tórrido sol quemaba el suelo. Iba y venía chorreando sudor, volteando una y otra vez los champiñones con toda su alma. Era un trabajo ingrato y abrumador. Su espalda estaba tensa como un arco y sus blancas cejas parecían un penacho. Me acerque a él y le pregunte:
"¿Qué edad tenéis?".
"Sesenta y ocho años."
"¿Por qué no le pedís a un sirviente que haga esta tarea?"
"Porque aquello que hace otro no lo puedo hacer yo."
"Veo que os ceñís a la regla de los antiguos, pero ¿por qué hacer esta tarea bajo el ardiente sol?"
"¿Dejarlo para más tarde?, ¿para cuando?"
Ya no sabía qué más decirle. Continué mi camino a lo largo de la galería pensando en lo que acababa de decirme el cocinero. Sus palabras me habían tocado el punto sensible y, en el fondo, presentía el gran alcance de esta función.
Llegamos a China a mediados de abril de 1223, pero me quedé algún tiempo a bordo del barco en el puerto de Ch´ing Yüan. Un día, a principios de mayo, mientras conversaba con el capitán, se presentó un monje. Tenía unos sesenta años. El objeto de su misión era comprar champiñones directamente a los comerciantes japoneses que estaban a bordo. Le invité a tomar el té y le pregunté de donde venía. Me dijo que era el tenzo del monasterio del monte Ayüwang.
"Soy oriundo de la provincia de Szechwan, pero dejé mi pueblo hace cuarenta años y ahora tengo sesenta. Durante todos estos años, he viajado de un monasterio a otro, sin establecerme en ningún sitio hasta el año pasado cuando encontré a Koun Doken, el superior del templo Ku-yün del monte Ayüwang. Vine a visitarle y me quedé cerca de él, descubriendo que hasta ese momento no había hecho más que perder mi tiempo. Al final del Ango (retiro de verano) se me encomendó ser tenzo. Mañana celebramos el quinto día del quinto mes lunar y he visto que no tenía nada bueno para ofrecer de comida. He pensado en hacer una sopa de tallarines, pero no tenía champiñones. Por eso he venido aquí con propósito de comprarlos. Así podré hacer una ofrenda a todos los monjes de las diez direcciones."
"¿Cuándo salisteis del monasterio?"
"Esta tarde después de comer."
"¿A que distancia está el monte Ayüwang?"
"Quince o veinte kilómetros."
"¿Cuándo debéis partir?
"En cuanto haya comprado los champiñones."
"Nuestro encuentro de hoy en el barco se ha debido a circunstancias fortuitas que nos han permitido conversar un momento. ¿No es esto un presagio? Os lo ruego, permitidme invitaros a pasar la noche a bordo."
"Debo volver al monasterio para preparar la comida de mañana. No estaría bien si no vigilara yo mismo la cocina."
"¡En ese gran monasterio seguramente habrá alguien capaz de cocinar ! Seguramente podran prescindir de un cocinero sin que haya un disgusto."
"Esta función ha sido confiada a este viejo. Digamos que es mi práctica de viejo. ¿Cómo podría delegar en otra persona? Por otro lado, no he pedido autorización para pasar la noche fuera del monasterio."
"Vuestra edad merece una consideración, ¿por qué no os consagráis solamente a la práctica de zazen o al estudio de las palabras de los antiguos maestros, en lugar de afanaros tanto como cocinero, sin hacer más que trabajos manuales?. ¿Qué provecho sacáis de ello?"
El cocinero se hecho a reír y me dijo:
"Mi buen amigo que venís del extranjero, ¡todavía no habéis comprendido lo que significa la práctica de la Vía y aún no sabéis lo que quieren decir las palabras y las letras !"
Su inesperada respuesta me lleno de confusión y de vergüenza y le pregunté: "¿Qué queréis decir con "las palabras y las letras" y que entendéis por "la práctica de la Vía"?"
"Sí no titubeáis en estas preguntas esenciales, os convertiréis seguramente en un hombre de la Vía."
En ese preciso momento, era incapaz de comprender lo que quería decir, y agregó:
" Si no comprendéis, venid un día a verme al monte Ayüwang, examinaremos más de cerca la naturaleza de las palabras y las letras. Se hace tarde, el sol pronto se pondrá, debo darme prisa en regresar."
Se levantó y partió apresuradamente hacia el monasterio.
En julio del mismo año, mientras permanecía en el monasterio del monte Tien-t´ung, recibí un día la visita del cocinero del monte Ayüwang. Me dijo:
"Voy a dejar mi función al final del Ango y tengo la intención de volver a mi región. Cuando supe que estabais aquí, pensé en venir a saludaros."
Estaba encantado de volver a verle y le acogí con alegría. Tras hablar de unas cosas y otras dirigí la conversación a la discusión que habíamos entablado a bordo del barco en relación con las palabras y las letras y con la práctica, y me dijo:
" Una persona que estudia las palabras y las letras debe saber lo que es una palabra o una letra y aquel que se consagra a la práctica de la Vía debe comprender lo que quiere decir practicar."
"¿Qué entendéis por "las palabras y las letras"?"
"Uno, dos, tres, cuatro, cinco."
"¿Qué es la práctica de la Vía?"
"No se esconde ningún tesoro en el universo."
Tras esto hablamos de otros temas que ya no es necesario mencionar aquí.
Si adquirí algún conocimiento sobre las palabras y las letras y comprendí un poco lo que es la práctica de la Vía, fue gracias a la benevolencia de este cocinero.
Cuando le conté esta conversación a mi añorado maestro Myozen, derramó lagrimas de gratitud.
Más tarde, entre mis lecturas, encontré esta estrofa que Setcho Juken había escrito dirigida a un monje:
¿Una palabra, siete, tres o cinco,
para captar la verdad de las miríadas de formas del Universo?
No os fiéis de ellas.
En la noche profunda,
la luna brillante ilumina el vasto océano.
La joya del dragón negro que buscáis
está aquí y allí, por todas partes.
Leyendo este poema, me vino a la mente la conversación que había tenido el año anterior. Lo que expresaba Setcho Juken se correspondía exactamente con lo que me había dicho el cocinero. Esta estrofa venía a confirmar mi sentimiento de que el tenzo de Ayüwang era verdaderamente un hombre de la Vía.
Así es como he llegado a ver el sentido de "uno, dos, tres, cuatro, cinco", y como ahora he captado también el de seis, siete, ocho, nueve, diez. Vosotros, mis hermanos de las generaciones futuras, aplicaros en ver desde aquí lo que está allí, y desde allí lo que está aquí y paladeareis más allá de las palabras el sabor único del zen. Por el contrario, si no hacéis este esfuerzo, seréis las victimas del veneno de la dualidad y gustareis del zen de los cinco sabores que os impedirá preparar con corazón y talento el alimento de la comunidad.
Realmente, la función de tenzo concretiza la transmisión de los antiguos. Es a la vez el ojo y la oreja, la palabra y el sentido. ¿Cómo no habría de ser ella el centro de la diana, el corazón de la práctica?. Si sois dignos de vuestro nombre de tenzo, vuestro arte y vuestro espíritu son idénticos. En el Zenonshingi se dice: "aportad todos vuestros cuidados a la preparación de las dos comidas diarias, velando tanto por la cantidad como por la calidad. Ninguna de las Cuatro Ofrendas -alimento, ropa, lecho y medicina - debe faltar jamás. El venerado Shakyamuni nos ha ofrecido el fuse de veinte años de su vida a nosotros, sus lejanos descendientes, para protegernos. Gracias al mérito de su acto, gozamos de la ayuda de su inextinguible luz. Sabed pues servir de la mejor manera a la comunidad sin temer jamás a la pobreza. Si vuestro espíritu no conoce límites, vuestra parte de bienestar es inextinguible". Con este mismo espíritu el superior de un monasterio debe servir a la comunidad.
Lo esencial en el arte de la cocina es tener una actitud de espíritu profundamente sincera y respetuosa hacia los productos y el tratarlos sin juzgarlos por su apariencia, ya sea basta o refinada. ¿No os acordáis de la anciana que obtuvo infinitos méritos por haber ofrecido al buda con un corazón puro el agua con la que había lavado su arroz?. Pensad en el rey Ashoka, que en el instante de morir ofreció medio mango a un monasterio. Plantando esta última raíz de bien, recibió la predicción de que recolectaría los frutos en su próxima existencia. El lazo que creamos con el buda no va en función de la grandeza de la ofrenda, sino de la autenticidad de nuestro corazón. Nuestra práctica quiere que seamos verdaderos en todos los actos de nuestra vida.
Un plato preparado con ricos ingredientes no es necesariamente superior ni un cocido de humildes legumbres es necesariamente inferior. Cuando cojáis o preparéis vulgares plantas silvestres, hacedlo sinceramente, con todo vuestro corazón y tratadlas con tantos miramientos como trataríais a los productos mas raros. El vasto océano tiene un único sabor a pesar de recibir el agua de innumerables ríos y el vasto océano de la naturaleza original no hace discriminaciones entre los sutiles sabores de un delicado plato y el gusto grosero de un cocido de hierbas silvestres. De igual manera, cuando hacéis crecer el germen de la Vía y alimentáis al embrión sagrado, comidas refinadas o vulgares tienen un solo sabor. Hay un viejo adagio que dice: "La boca de un monje es como un horno". Recordad que una planta silvestre puede alimentar al sagrado embrión y hacer crecer el germen de la Vía. No la rechacéis con desprecio ni la tratéis a la ligera. Un "instructor y guía de dioses y hombres"  debe saber sacar partido de una simple legumbre.
Por otro lado, no juzguéis las cualidades y los defectos de los miembros de la comunidad y no tengáis en cuenta su ancianidad o su edad. Puesto que ignoráis vuestro propio porvenir, ¿cómo podríais augurar el de los demás?. Sí medís las faltas de los demás tomando como norma vuestras propias faltas, ¿cómo no cometeríais errores?. Los hombres difieren en edad y facultades, pero son todos iguales sobre la Vía. Por otro lado puede que el que actuó mal ayer, actúe bien hoy. ¿Qué es un santo? ¿Qué es un hombre ordinario? Nadie lo sabe. Se dice en el Zenonshingi que un monje no es ni santo ni hombre ordinario, abraza las diez direcciones. Si estáis firmemente resueltos a no permanecer en la dualidad del bien y del mal entraréis directamente en la Vía de la incomparable sabiduría del despertar, pero si tropezáis en el uno o en el otro no veréis la Vía, incluso aunque esté ante vosotros. Aplicándose en no discriminar es como se alcanza los huesos y la médula de los antiguos maestros. Vosotros, mis hermanos que ejerceréis la función de tenzo en el futuro, realizaréis también el despertar haciendo el mismo esfuerzo. Sabiendo que nuestro gran antepasado Hyakujo Ekai os ha dejado una línea de señales para guiaros en la Vía ¿cómo podríais ignorarlas?
A mi vuelta a Japón, colgué mi bastón de peregrino durante dos o tres años en Kennin-ji. Si bien es cierto que existía una función de tenzo en este monasterio, el titular de este cargo no tenía nada que ver con un auténtico tenzo digno de este nombre. ¡Incluso ignoraba que la cocina era una actividad de Buda! No sabiendo discernir la Vía, ¿cómo habría podido entregarse a la práctica? ¡Es una lastima que no hay podido nunca tener la oportunidad de ver en acción un auténtico tenzo!. Es del todo deplorable desperdiciar así su tiempo y reducir a la nada su práctica haciéndolo de forma chapucera.
comidaObservé a este monje en el ejercicio de sus funciones. No velaba personalmente por la preparación de las dos comidas cotidianas y para todo se remitía a un estúpido, descerebrado e indiferente sirviente. Daba órdenes, fuera el asunto de importancia o no, pero jamás verificaba la ejecución del trabajo, como si el hacerlo fuera tan vergonzoso o inconveniente como mirar a la mujer del vecino. Pasaba su tiempo en su habitación, durmiendo, hablando con los vecinos, leyendo o cantando sutras. Pasaban los días y los meses sin que se arrimara jamás a una cacerola. Ni que decir tiene que no entraba dentro de sus cálculos el proveerse de los productos necesarios y todavía menos el prever un menú. ¿Cómo hubiera podido saber que estas actividades son en sí la práctica de la Vía? Jamás le había venido a la mente, ni en sueños, el prosternarse nueve veces antes de hacer llevar los platos al comedor. Ignorando él mismo estas cosas, ¿cómo hubiera sido capaz de formar jóvenes alumnos? Esta deplorable situación me entristeció profundamente. He aquí como se comporta un hombre que no tiene el espíritu de la Vía porque no ha tenido la suerte de encontrar un verdadero maestro; entra en una montaña de piedras preciosas y vuelve a su casa con las manos vacías; penetra en un océano de gemas y vuelve sin un adorno precioso.
Sí aún no tenéis el espíritu del despertar, es importante que sepáis que realizaréis la Vía practicando con un maestro que haya realizado él mismo su verdadera naturaleza original. Sin embargo, si aún no habéis encontrado a esta persona pero en vosotros hay una profunda determinación de producir el espíritu del despertar y ponéis todo vuestro corazón en vuestro trabajo, realizareis también la Vía. Claro está que, si ninguna de estas condiciones se cumple, no esperéis ningún beneficio.
En todos los monasterios donde he estado en la gran China de los Song, he observado que los administradores y sus adjuntos eran nombrados para su función por un año. No obstante, en todo momento y bajo toda circunstancia sus comportamientos manifestaban las tres líneas de conducta que se exigen al superior de un monasterio: por un lado trabajan para el bien de los demás, obteniendo así un doble provecho, para ellos mismos y para los demás; por otro, realzan el prestigio del monasterio por la nobleza de su espíritu a semejanza de los antiguos; finalmente rivalizan con los grandes maestros del pasado siguiendo sus pasos y su ejemplo. Sobre esto, quisiera que comprendiérais bien que aquel que no tiene en cuenta a los demás es un tonto y que aquel que considera a los demás como a si mismo es un sabio. Antiguamente un maestro dijo:
Habéis finalizado dos tercios de vuestra vida,
Sin jamás haber hecho brillar la menor parcela de vuestra alma.
Insaciables, devoráis vuestra vida corriendo tras futilidades.
¿Qué puedo hacer por vosotros, si ni siquiera volvéis la cabeza cuando os llamo?

Sabed que os arrastrarán vuestras emociones si no veis a este buen amigo. ¡Sería deplorable que fuérais como ese estúpido hijo prodigo que lleva con él el tesoro que le ha dejado su padre y que lo deja de lado, como si fuera un montón de desperdicios!. Es preciso que no os pase esto. Todos los hombres de la Vía que en el pasado han ejercido la función de cocinero han mostrado que sus actividades y sus valores espirituales estaban en perfecta concordancia. Isan Reiyu alcanzó el despertar cuando era cocinero. Fue también el cocinero Tozan Susho quien, cuando estaba pesando el sésamo, respondió a un monje que le preguntaba sobre el buda: " ¿El buda? ¡Tres libras de sésamo!"
¿Existe algo más precioso que la realización de la Vía? ¿Hay algún momento más grande que aquel del despertar? Para el que aspira ardientemente a la realización de la Vía y que se entrega a la práctica, un puñado de arena se convierte en un tesoro, y una imagen de buda que está esculpiendo, un objeto de veneración. La historia ha dejado numerosas experiencias de este tipo. Ciertamente, esta acciones son meritorias pero, ¡cuanto más benéficas son si cabe las actividades de un cocinero, que hayan podido serlo las de nuestros grandes predecesores! Si lleváis vuestra tarea exactamente en el puro espíritu que ellos nos han transmitido, ¿cómo podríais dejar de igualar su perfección en la Vía?
La función de jefe o de responsable cualquiera que sea el dominio de la actividad, incluido el de tenzo, requiere tres cualidades: alegría de vivir, benevolencia y grandeza de espíritu.
Alegría de vivir, significa que estáis contentos de hacer vuestro trabajo. Pensad que si hubiérais nacido en el reino de los dioses, seríais acaparados por tantas alegrías y tantos placeres que no tendríais tiempo ni ocasión de suscitar en vosotros el espíritu del despertar y aún menos de practicar; ni siquiera tendríais la oportunidad de preparar la comida que ofrecéis a los Tres Tesoros (Sambo) , ¡y sin embargo son el bien más precioso del Universo! Los Tres Tesoros son incomparables en excelencia, ni el rey de los dioses ni el soberano del mundo se le podrían comparar. El Zenonshingi dice sobre los monjes: " Respetados y honrados viven tranquilamente apartados de los asuntos del mundo; no siendo mancillados por la creación de objetos del pensamiento, son la excelencia de la humanidad".
zenNo solamente tenéis la suerte de pertenecer a la especie humana sino que además tenéis el honor y el privilegio de alimentar a los Tres Tesoros para el bien de todos los seres. ¿No es un magnífico karma? ¿Cómo no estar totalmente contento?. Imaginad que hubierais nacido en otro mundo, como el de los infiernos, o el de los espíritus ávidos, o el de las bestias, o el de los demonios, o en cualquier otra situación, que no os permitiera ver y entender la Vía. Imaginad que incluso habiendo vestido el milagroso hábito del monje, no estéis en estado de preparar correctamente las comidas de los Tres Tesoros, porque vuestro espíritu y vuestro cuerpo, receptáculos de sufrimiento, están entorpecidos por el doloroso destino que os aflige. Ya que esta vida os permite cocinar, sed felices de vivir esta vida y alegráos de ser lo que sois. Vuestro excelente karma es fuente de inalterables méritos por kalpas y kalpas. Ojalá podáis, por vuestro trabajo y vuestra aplicación, día a día, en cada momento, venir en ayuda de todos los seres del universo y utilizar vuestro cuerpo que es el fruto de miríadas de vidas para crear buenos lazos kármicos. Sí consideráis todas las cosas en este espíritu, vuestro corazón rebosará alegría. Incluso aunque fuérais el soberano del mundo, si no preparárais las comidas ofrecidas a los Tres Tesoros, no sacaríais ningún provecho y todos vuestros esfuerzos serían en vano.
La benevolencia es el sentimiento de un padre o de una madre hacia su hijo. Cuando pensamos en los Tres Tesoros experimentamos este mismo sentimiento. Aunque los padres sean pobres o estén incluso en la miseria, tan grande es su ternura como atentos sus cuidados. ¿Cómo explicar este sentimiento? El que no tiene hijos no puede comprenderlo, es preciso que uno mismo sea padre para sentirlo. Un padre no considera a su hijo en términos de pérdida o de provecho, piensa antes que nada en criarlo bien. Despreciando su confort personal le abriga del frío y le protege del sol. La ternura de los padres es el colmo de la benevolencia. Aquel que ha alcanzado el espíritu del despertar conoce este sentimiento y solo aquel que lo practica puede sentirlo. ¿Acaso cuando tenéis en vuestras manos el agua o el grano, no los veis con la tierna y amante mirada de una madre que cuida de su hijo? Nuestro gran maestro Shakyamuni ¿nos habría hecho el don de veinte años de su vida si no se hubiera inclinado sobre nosotros con la tierna atención de un padre que no busca obtener resultados ni hacer fortuna?
La grandeza de espíritu es grande como una montaña, vasta como el océano. Es un espíritu sin ideas recibidas o partidarias. No se alegra cuando solo hay un ligero peso a llevar, ni se aflige por levantar un gran peso. Incluso cuando escucha la llamada de la primavera, no salta de alegría entre el rocío y si contempla los colores del otoño, no derrama melancólicas lagrimas. Un paisaje incluye las vicisitudes de las cuatro estaciones, como el peso incluye el gramo y la libra. Un gran espíritu engloba la totalidad de los componentes. Así, de esta manera, hay que escribir, comprender y profundizar la palabra grande. Si Kazan Zenne,  cocinero del monasterio del monte Chia, no hubiera comprendido la palabra grande, no habría estallado en risas al escuchar el sermón de Taigen Fu  y este último no hubiera realizado el despertar. Si la palabra grande no hubiera sido inscrita en el espíritu del maestro Isan Reiyu, no habría soplado tres veces sobre la ramita de madera que había recogido. Sí el maestro Tozan Shusho hubiera ignorado la palabra grande, no habría respondido: "¡Tres libras de sésamo!" al monje que le preguntaba sobre el buda. Es esencial que sepáis que nuestros grandes maestros del pasado han profundizado la palabra grande bajo toda clase de circunstancias. Cada uno, libremente, lo ha gritado con fuerte voz, ha expuesto el gran principio, realizado el gran asunto y formado grandes hombres. Han completado a los seres llevándolos al despertar. Aunque seáis superior de un monasterio, encargado de una función o simple monje, no olvidéis actuar siempre con alegría, benevolencia y grandeza de espíritu.
He escrito este texto para legarlo a los sabios de las generaciones futuras que estudiarán la Vía.
Redactado en la primavera del año 1237, por el monje Dogen que transmite la ley desde la función de superior del monasterio Kannondôri Kôshôhôrin-ji.